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Martes, julio 25, 2017

Pedagogía de las vinculaciones

El otro gran pilar del sistema pedagógico de Schoenstatt es la pedagogía de las vinculaciones. Ambas, la pedagogía del ideal y la de las vinculaciones, apuntan a la formación de la nueva comunidad basada en hombres nuevos y constituyen un solo proceso vital.
El objetivo propio de la pedagogía de las vinculaciones es formar un tipo de hombre capaz de vincularse, es decir, de ligarse afectivamente en forma estable con la realidad, particularmente con las personas, tanto del orden natural como sobrenatural. En otras palabras, pretende formar un hombre que sea libre para amar, capaz de dar amo y de recibir amor; que se posea a sí mismo para darse a los demás.

Ahora bien, siendo ésa la meta que perseguimos, el camino pedagógico para lograrla es coherente con ella: consiste enenseñar y aprender a amar o a vincularse. El amor, afirma el P. Kentenich, es el punto de partida, el camino y la meta en todo nuestro sistema pedagógico.

Cuando hablamos de vínculos entendemos por ello un lazo de amor afectivo, estable y libre. No se trata, por lo tanto, de un mero encuentro, de una amistad superficial, de un enamoramiento pasajero o de sensiblería. El vínculo es un lazo de amor cargado de afecto, pero al mismo tiempo lúcido, que comprende la fuerza de una voluntad que se da libremente y del amor que Dios mismo infunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo. (Tomado del “Manual del Dirigente. P Rafael Fernández)

La pedagogía del amor o de las vinculaciones tiene especial importancia hoy, debido a que el hombre actual- y esto es algo central en el diagnóstico del tiempo del P. Kentenich- está hondamente herido en su capacidad de dar y recibir amor. Para nuestro fundador, la mayor tragedia de nuestra época consiste justamente en la desintegración del organismo de vínculos o de lazos de amor queridos por Dios, tanto en el orden natural como sobrenatural, desintegración que equivale a una radical deshumanización y masificación que todo lo invade y corrompe. Fuimos hechos a semejanza de Dios y Dios es amor.

Si no amamos nos deshumanizamos y nos desdivinizamos, perdemos aquello que nos hace humanos y más nos asemeja a Dios. De allí la gran tarea de un jefe de Schoenstatt: enseñar a amar, ayudar a desplegar la capacidad de amor en todos los órdenes y dimensiones del amor; despertar el amor y la entrega; formar familia, porque la familia es justamente el lugar donde aprendemos a dar y recibir amor.

La pedagogía del amor, así concebida, genera un hombre y una comunidad que supera radicalmente el peor cáncer del hombre actual. Nuestra sociedad está enferma, el hombre actual está enfermo porque ya ni siquiera recibe amor en el seno de su familia; porque la misma familia está desapareciendo a pasos agigantados; porque lo que hoy cuenta es producir más, tener más, gozar más. Los valores del corazón no valen, no pesan, no se los toma en cuenta. Por eso reina hoy tanta desolación, tanta angustia e inseguridad; por eso la desenfrenada búsqueda de paliativos en el trabajo frenético, en el libertinaje sexual, en el alcohol y en las drogas…